Mi prometido cargó a su mejor amiga hasta el coche nupcial y me dijo que tomara un taxi

contárselo tú.

—¿Y si no?

—Se lo diré yo.

—No tienes derecho.

—Él tenía derecho hace cuatro años.

Camila se fue llorando.

No sentí victoria.

Solo cansancio.

Mateo supo la verdad esa misma noche.

Camila se la dijo.

Él desapareció del salón durante casi veinte minutos.

Cuando regresó, tenía los ojos rojos.

Me acerqué.

—¿Estás bien?

—No.

—¿Quieres estar solo?

—No.

Nos sentamos.

—Hace cuatro años —dijo.

—Lo sé.

—Ella me lo contó.

—Lo siento.

Mateo rio sin humor.

—Ni siquiera estábamos juntos entonces.

—No.

—Pero me dijo durante dos