Mi prometido cargó a su mejor amiga hasta el coche nupcial y me dijo que tomara un taxi

años que nunca había pasado nada entre ellos.

—Sí.

—Y tú ya estabas con Adrián.

—Sí.

Mateo apoyó los codos en las rodillas.

—Esto es absurdo.

—Mucho.

—¿Te arrepientes?

Lo pensé.

—¿De haberme ido?

—De esto.

Señaló el salón.

Nuestra ceremonia.

—No.

Mateo me miró.

—¿Tú?

Tardó.

—No.

—¿Aunque acabas de descubrir todo esto?

—Precisamente por eso.

Nos quedamos sentados sin hablar.

Dos recién casados simbólicos.

Dos personas que acababan de descubrir que sus antiguas parejas habían mentido durante años.

No era romántico.

Era real.

Los días siguientes fueron brutales.