La familia de Adrián me llamó.
Su madre lloró.
Su padre me pidió que reconsiderara.
Sus tíos dijeron que estaba exagerando.
Algunos amigos me acusaron de haber convertido un juego en una venganza pública.
Otros cambiaron de opinión después de saber del beso.
Y otros insistieron:
—Fue hace cuatro años.
Como si la antigüedad convirtiera una mentira en algo menos importante.
Adrián apareció en mi apartamento tres días después.
Yo estaba empacando sus cosas.
Golpeó la puerta.
—Abre.
No respondí.
—Sé que estás ahí.
Mateo no vivía conmigo.
No había