—Idiota.
Él me tomó la mano.
Entonces vi la pulsera.
La antigua.
La de Adrián.
Aún la llevaba guardada en una pequeña caja dentro de mi armario.
No por amor.
Por hábito.
Cuando llegamos a casa, la saqué.
Mateo la vio.
—¿Quieres tirarla?
—No.
—¿Guardarla?
—Tampoco.
Pensé un momento.
Al día siguiente la llevé a una joyería.
No valía demasiado.
Pero pedí que fundieran el metal.
Con él hicieron dos pequeñas piezas.
Una quedó en un collar para mí.
La otra, en un llavero.
No le di ninguna a Mateo.