organizó una cena allí.
Cuando entramos, vi el ascensor.
Planta cuarenta y dos.
Lo miré.
—¿Subimos?
—¿Ahora?
—Sí.
El salón no tenía evento.
Estaba vacío.
Las luces de la ciudad se extendían frente a los cristales.
Caminé hasta el lugar aproximado donde habíamos hecho los votos.
Mateo se puso a mi lado.
—¿Te arrepientes?
—¿Hoy?
—En general.
Pensé.
—A veces me arrepiento de la forma.
—Yo también.
Lo miré.
—Pero no de ti.
Mateo sonrió.
—Bien.
—¿Tú?
—Me arrepiento de una cosa.
—¿Cuál?
—La decoración fue demasiado beige.
Me reí.