vida.
Ya no.
Ahora la veía como la última fotografía de una mujer que todavía creía que debía competir por su propio lugar.
Mateo entró en la habitación.
—¿Qué miras?
Le enseñé la foto.
—Vaya.
—Sí.
—¿Quieres borrarla?
Pensé.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ya no me duele.
Mateo se sentó a mi lado.
—Eso parece una buena razón.
—Y porque hay algo divertido.
—¿Qué?
Señalé a Adrián.
—Ese día estaba tan seguro de que yo volvería.
Mateo sonrió.
—Gran error.
—El mayor.
Guardé el teléfono.
—¿Sabes qué es lo más