sobre los ojos de Adrián.
En sus dedos tocando mi pulsera.
En aquel segundo en que me reconoció.
Durante mucho tiempo pensé que ese había sido el peor momento.
Ahora comprendía que había sido el más importante.
Porque Adrián me había reconocido.
Y me soltó.
Aquello dolió.
Pero también me obligó a hacer algo que no había hecho en siete años.
Reconocerme yo.
Reconocer mi propia vergüenza.
Mi cansancio.
Mi miedo.
Mi límite.
Y, finalmente, elegir.
No a Mateo.
No al principio.
Primero me elegí a mí.
Mateo llegó después.