Mi esposo me llamaba desde su supuesto trabajo y decía: “Aguanta un poquito más, pronto tendremos nuestra casa”. Mientras tanto, nuestro hijo de tres años y yo vivíamos entre goteras. Hasta que mi abuelo llegó y preguntó dónde estaba la residencia que nos había comprado. Guardé la dirección y fui sin avisar. Allí encontré a mi marido, a otra mujer y a mi suegra viviendo como millonarios…

es que Mariana todavía cree que mi hijo trabaja bajo el sol. Esa mensa hasta lava calzones ajenos para mantener al niño.

Todos se rieron.

Valeria respondió:

—Pues mejor. Mientras ella vive entre goteras, nosotros disfrutamos de esta casa.

Ricardo soltó una carcajada.

—Mientras siga creyendo que soy pobre, no va a pedir nada.

Sentí vergüenza, rabia y una tristeza que me quemaba por dentro.

Entonces entré.

—Qué bueno que están tan contentos —dije—. Ahora explíquenme de quién es esta casa.

El rostro de Ricardo perdió todo el color.

Patricia