se levantó furiosa.
Valeria se acercó a mi marido, lo tomó del brazo y anunció:
—Esta casa es de Ricardo. Yo soy la mujer con la que él vive. Tú solamente eres un problema del pasado.
—Ricardo sigue casado conmigo —respondí.
Él se acomodó el saco, intentando recuperar su arrogancia.
—Ya basta, Mariana. Tú no entiendes de negocios. No tienes derecho a reclamar nada.
—¿Y mi abuelo sí te dio permiso para robarnos?
Ricardo abrió un portafolio y sacó varios documentos.
Los colocó frente a mí con una sonrisa desagradable.