—Aquí está todo. Tú autorizaste que yo administrara tus derechos sobre esta casa y aceptaste que me encargara del patrimonio familiar.
Miré la última página.
Allí aparecía mi nombre completo.
Y debajo había una firma casi idéntica a la mía.
El problema era que yo jamás había firmado aquel documento.
Ricardo se inclinó hacia mí y susurró:
—A ver cómo demuestras que esa firma no es tuya.
PARTE 3
Durante unos segundos observé aquella firma sin pronunciar palabra.
Era sorprendentemente parecida a la mía. Incluso habían copiado la pequeña curva