Mi esposo me llamaba desde su supuesto trabajo y decía: “Aguanta un poquito más, pronto tendremos nuestra casa”. Mientras tanto, nuestro hijo de tres años y yo vivíamos entre goteras. Hasta que mi abuelo llegó y preguntó dónde estaba la residencia que nos había comprado. Guardé la dirección y fui sin avisar. Allí encontré a mi marido, a otra mujer y a mi suegra viviendo como millonarios…

—Aquí está todo. Tú autorizaste que yo administrara tus derechos sobre esta casa y aceptaste que me encargara del patrimonio familiar.

Miré la última página.

Allí aparecía mi nombre completo.

Y debajo había una firma casi idéntica a la mía.

El problema era que yo jamás había firmado aquel documento.

Ricardo se inclinó hacia mí y susurró:

—A ver cómo demuestras que esa firma no es tuya.

PARTE 3

Durante unos segundos observé aquella firma sin pronunciar palabra.

Era sorprendentemente parecida a la mía. Incluso habían copiado la pequeña curva