que siempre hacía al terminar mi apellido.
Ricardo interpretó mi silencio como una derrota.
—¿Ya ves? Te dije que no te metieras en asuntos que no entiendes. Firma lo que falta, regrésate a tu departamento y deja de hacer el ridículo.
Mi suegra soltó una carcajada.
—Deberías agradecer que todavía te manda dinero. Hay mujeres que mantienen a sus hijos solas.
Sentí un impulso terrible de gritarles, pero recordé lo que la abogada de mi abuelo me había explicado.
No necesitábamos una discusión. Necesitábamos que Ricardo dejara de esconderse detrás