de sus mentiras.
—¿Entonces tú hiciste todos esos movimientos con la autorización de ese documento? —pregunté.
—Por supuesto —respondió con arrogancia—. Tu abuelo me dio poder para administrar sus negocios. Yo sé mover el dinero. Ese viejo ya ni siquiera recuerda lo que firma.
—¿Y la casa?
—La manejo yo. Si no fuera por mí, tu familia habría perdido muchísimo dinero.
Fue entonces cuando escuchamos una voz detrás de nosotros.
—Qué interesante, Ricardo. Repítelo mirándome a la cara.
Mi abuelo Ernesto estaba en la entrada del comedor.
Venía acompañado por