la licenciada Gabriela, la abogada de nuestra familia, y por el administrador de la propiedad.
Ricardo retrocedió inmediatamente.
Patricia dejó caer su servilleta.
Valeria apartó la mano del brazo de mi esposo.
—Don Ernesto… qué sorpresa —balbuceó Ricardo.
Mi abuelo caminó lentamente hasta la mesa.
—La sorpresa me la llevé yo cuando encontré a mi nieta viviendo entre goteras mientras tú gastabas el dinero de mi empresa.
Gabriela abrió una carpeta y colocó varios documentos frente a nosotros.
El primero era una copia certificada de la escritura de la residencia.