La propiedad pertenecía a la sociedad familiar de mi abuelo, y Ricardo nunca había tenido facultades para venderla ni presentarla como suya.
El segundo contenía el acuerdo mediante el cual mi abuelo había destinado la casa para nuestro uso familiar.
El tercero mostraba los movimientos bancarios que habían descubierto.
—Durante los últimos dos años —explicó Gabriela—, se desviaron más de cuatro millones de pesos mediante facturas de servicios inexistentes. Parte de ese dinero terminó en cuentas relacionadas con el señor Ricardo Mendoza.
Mi esposo empezó a respirar agitadamente.
—Eso no