Mi esposo me llamaba desde su supuesto trabajo y decía: “Aguanta un poquito más, pronto tendremos nuestra casa”. Mientras tanto, nuestro hijo de tres años y yo vivíamos entre goteras. Hasta que mi abuelo llegó y preguntó dónde estaba la residencia que nos había comprado. Guardé la dirección y fui sin avisar. Allí encontré a mi marido, a otra mujer y a mi suegra viviendo como millonarios…

La propiedad pertenecía a la sociedad familiar de mi abuelo, y Ricardo nunca había tenido facultades para venderla ni presentarla como suya.

El segundo contenía el acuerdo mediante el cual mi abuelo había destinado la casa para nuestro uso familiar.

El tercero mostraba los movimientos bancarios que habían descubierto.

—Durante los últimos dos años —explicó Gabriela—, se desviaron más de cuatro millones de pesos mediante facturas de servicios inexistentes. Parte de ese dinero terminó en cuentas relacionadas con el señor Ricardo Mendoza.

Mi esposo empezó a respirar agitadamente.

—Eso no