Mi esposo me llamaba desde su supuesto trabajo y decía: “Aguanta un poquito más, pronto tendremos nuestra casa”. Mientras tanto, nuestro hijo de tres años y yo vivíamos entre goteras. Hasta que mi abuelo llegó y preguntó dónde estaba la residencia que nos había comprado. Guardé la dirección y fui sin avisar. Allí encontré a mi marido, a otra mujer y a mi suegra viviendo como millonarios…

abogados.

Y se marchó sin despedirse.

Mi abuelo me abrazó.

—Perdóname, hija. Debí buscarte personalmente mucho antes.

Le apreté las manos.

—Nos engañaron a los dos, abuelo. Pero todavía estamos a tiempo de recuperar lo que importa.

Aquella noche no me quedé en la residencia.

Tampoco regresé al pequeño departamento.

Mi abuelo nos recibió en su casa. Mateo ya estaba dormido en brazos de Lucía cuando llegamos.

Lo acosté en una habitación limpia, con ventanas grandes y una cama cómoda.

Por primera vez en mucho tiempo, pude verlo descansar sin