puesto del mercado.
Al parecer seguían reclamándose dinero de los gastos y deudas que habían quedado entre ellos.
Ricardo levantó la mirada y me reconoció a través de la ventanilla.
Se quedó completamente quieto.
Por un instante pareció querer acercarse.
Después miró sus manos, bajó la cabeza y permaneció donde estaba.
Yo lo observé sin sentir aquella rabia que durante tantos meses me había acompañado.
Recordé al hombre del que me enamoré.
Recordé al padre que Mateo esperaba cada noche.
Y comprendí que ninguna cantidad de dinero podía devolvernos los