había protegido.
Sin embargo, después de casarme, nuestras visitas se volvieron cada vez menos frecuentes. Ricardo aseguraba que mi abuelo lo despreciaba y que necesitábamos demostrarle que podíamos salir adelante solos.
Cuando el abuelo vio el colchón donde dormía Mateo, la humedad de las paredes y mis manos maltratadas, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Mariana, ¿por qué estás viviendo aquí?
Le expliqué lo de las deudas, el trabajo de Ricardo y nuestros planes de comprar una casa.
Mi abuelo se llevó una mano al pecho.
—¿Ricardo te dijo que