no tenían dónde vivir?
—Sí, abuelo. Pero está haciendo todo lo posible…
—¡Ese desgraciado!
Nunca lo había escuchado hablar así.
Sacó una carpeta de su automóvil y me mostró una fotografía. Era una residencia enorme, con jardín, ventanales y una entrada de piedra.
—Compré esta casa para ti y para Mateo hace dos años. Ricardo me aseguró que ya se habían mudado.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Abuelo… yo jamás he visto esa casa.
Él cerró la carpeta lentamente. Su expresión cambió de sorpresa a una tristeza