Mi esposo me llamaba desde su supuesto trabajo y decía: “Aguanta un poquito más, pronto tendremos nuestra casa”. Mientras tanto, nuestro hijo de tres años y yo vivíamos entre goteras. Hasta que mi abuelo llegó y preguntó dónde estaba la residencia que nos había comprado. Guardé la dirección y fui sin avisar. Allí encontré a mi marido, a otra mujer y a mi suegra viviendo como millonarios…

no tenían dónde vivir?

—Sí, abuelo. Pero está haciendo todo lo posible…

—¡Ese desgraciado!

Nunca lo había escuchado hablar así.

Sacó una carpeta de su automóvil y me mostró una fotografía. Era una residencia enorme, con jardín, ventanales y una entrada de piedra.

—Compré esta casa para ti y para Mateo hace dos años. Ricardo me aseguró que ya se habían mudado.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Abuelo… yo jamás he visto esa casa.

Él cerró la carpeta lentamente. Su expresión cambió de sorpresa a una tristeza