El millonario volvió tras 6 años y halló a su madre cargando ladrillos para pagar una deuda falsa, pero el cacique jamás imaginó quién terminaría perdiéndolo todo

cicatrices de quemaduras que jamás había visto durante sus videollamadas porque Teresa siempre escondía las manos debajo del rebozo.

Ramiro tomó una vara gruesa que usaban para mover los ladrillos dentro del horno.

—Muévete, Teresa. Aquí nadie te mantiene de gratis.

Levantó la vara.

Santiago comenzó a caminar hacia él.

Pero antes de llegar escuchó algo todavía peor.

—Y agradece que Don Evaristo todavía no se queda con tu casa —escupió Ramiro—. Aunque después de esta semana, ya está decidido.

Teresa cerró los ojos.

—La casa no. Eso fue lo