volteó dispuesto a insultar al desconocido, pero se encontró con un hombre alto, traje gris, mirada dura y una rabia tan contenida que hasta los trabajadores cercanos dejaron de cargar ladrillos.
—Suéltala.
—¿Y tú quién chingados eres?
Santiago dejó caer la vara al suelo.
—Su hijo.
Teresa abrió los ojos.
Durante varios segundos observó aquel rostro como si estuviera viendo
un fantasma.
—¿Santi?
Él ya no pudo contenerse.
Se arrodilló frente a ella y la abrazó, sin importarle el polvo que ensució su ropa.
Teresa comenzó a llorar.
Pero lo