primero que hizo fue esconder las manos.
—No me veas así, mijo. Estoy toda mugrosa.
Aquella frase le dolió más que cualquier insulto.
Santiago tomó sus manos quemadas y las besó.
—Son las manos que pagaron todo lo que soy.
Ramiro resopló.
—Qué bonito reencuentro. Pero la señora tiene turno hasta las 6.
Santiago se puso de pie.
—Su turno terminó hace 6 años.
—Debe dinero.
—¿Cuánto?
Ramiro sonrió.
—Con intereses, multas y atrasos, 140,000 pesos.
Santiago sacó el teléfono.
—Dame la cuenta.
Teresa lo sujetó del saco.
—No,