hijo.
—Mamá, puedo pagarlo.
Ella negó desesperadamente.
—No entiendes.
Ramiro dictó una cuenta bancaria.
Santiago transfirió 150,000 pesos delante de él.
El celular del capataz sonó segundos después.
Su
sonrisa desapareció.
—Listo —dijo Santiago—. Ahora mi madre se va conmigo.
Ramiro quiso protestar, pero Santiago ya estaba ayudando a Teresa a subir a la camioneta.
Los demás trabajadores miraban en silencio.
Había ancianos, madres solteras y hombres con rostros consumidos.
Nadie celebró.
Eso inquietó a Santiago.
Parecía que todos sabían algo que él todavía ignoraba.
Cuando llegaron a la