la cintura y entré solo hasta una zona protegida entre rocas. Tanteé el fondo con un palo largo, una vez, otra. En la tercera sentí algo duro atrapado bajo el limo. Me agaché lo suficiente para verlo.
Era un hueso.
No tocamos nada más.
Eduviges cayó de rodillas y se persignó. Rosalba me apretó el brazo.
—Nos vamos ya a la cabecera —dije—. Que venga el Ministerio Público y haga lo suyo.
Marcamos el sitio con una tira de tela en un árbol y regresamos. Más tarde, peritos y agentes