se levantó y apuntó hacia mí.
—Rosalba es mi mujer.
—Rosalba no es propiedad de nadie.
En ese instante, Centella salió disparado desde un costado del corredor. Golpeó a Nemesio en el brazo y el tiro se fue hacia el techo. El arma cayó al patio. Me lancé sobre él antes de que pudiera recuperarla. Rodamos entre polvo y macetas rotas. Nemesio era más joven; yo llevaba media vida cargando costales, reparando cercas y ordeñando antes del amanecer.
Aun así, alcanzó a zafarse.
Se arrastró hacia el revólver.
Rosalba apareció