Una mujer llegó de noche a un rancho aislado con un burro cargado de sus cosas y rogó a un viudo que la dejara dormir en el corredor porque huía de su marido. Mientras tomaba café bajo la única lámpara encendida del valle,

se levantó y apuntó hacia mí.

—Rosalba es mi mujer.

—Rosalba no es propiedad de nadie.

En ese instante, Centella salió disparado desde un costado del corredor. Golpeó a Nemesio en el brazo y el tiro se fue hacia el techo. El arma cayó al patio. Me lancé sobre él antes de que pudiera recuperarla. Rodamos entre polvo y macetas rotas. Nemesio era más joven; yo llevaba media vida cargando costales, reparando cercas y ordeñando antes del amanecer.

Aun así, alcanzó a zafarse.

Se arrastró hacia el revólver.

Rosalba apareció