que yo era un hombre solo y meterla a mi casa podía traer chismes y algo peor. Pero la vi estremecerse cuando una rama tronó entre los cafetos. No era actuación. Era el miedo aprendido de quien ha pasado demasiado tiempo esperando el siguiente golpe.
Le tendí un petate en el rincón más protegido del corredor y dejé a Centella a su lado.
Antes de entrar, Rosalba me detuvo.
—Gracias por creerme, don Mateo.
—Todavía no me ha contado nada para creer o no creer.
Entonces abrió la bolsa de