cuero, tocó algo envuelto en un trapo y volvió a cerrarla.
—Mi marido cree que yo sé demasiado. Y tiene razón.
Me quedé frente a ella.
Rosalba respiró hondo.
—Una noche, borracho, me confesó que su primera esposa no lo abandonó. Me dijo que él la mató y la arrojó al río. Yo soy la única que lo oyó decirlo.
Sentí que la lámpara, detrás de mí, de pronto alumbraba demasiado poco.
—¿Y por eso la busca?
Rosalba levantó los ojos.
—No quiere que vuelva, don Mateo. Quiere que yo