no pueda hablar nunca.
PARTE 2
No dormí. Al amanecer hice huevos con chile, calenté tortillas y le dije a Rosalba que no seguiría caminando sin rumbo. Detrás de la casa había una antigua quesería, escondida entre cafetos. La arreglaría y, si alguien preguntaba, diría que había contratado a una viuda de otro pueblo para ayudarme con la leche.
—¿Por qué se arriesga por mí? —preguntó.
Miré la lámpara, todavía colgada en el corredor.
—Porque llevo 3 años pidiendo una razón para no apagarla.
Rosalba no respondió. Solo se cubrió