bajó la cabeza.
Elena sintió una rabia tan profunda que apenas pudo hablar.
—Gabriel, basta.
—Es la verdad.
Lucía dejó el osito sobre una mesa.
—Perdón, papá. Ya no voy a llevarte regalos.
Después subió corriendo a su habitación.
Elena quiso seguirla, pero Gabriel le bloqueó el paso.
—Estás poniendo a mi hija en mi contra.
—Ella también es mi hija. Y acabas de volver a lastimarla.
Aquella misma noche, Elena preparó dos maletas y se llevó a Lucía a casa de su hermana Mariana, en la colonia Álamos.
La