sabor metálico y, al tocarse los labios, descubrió sangre en sus dedos.
—¡Papá! ¡Me pegó!
Gabriel permaneció detrás del escritorio.
Después comenzó a abotonarse la camisa.
—Lucía, deja de hacer escándalos.
La niña lo miró sin comprender.
—Pero me pegó…
—Entraste sin permiso. Tienes que aprender a respetar.
—Solo quería darte tu regalo.
—Estoy trabajando. Vete a casa.
Vanessa cruzó los brazos.
—Tu mamá debería enseñarte educación.
Lucía dejó de llorar.
Se agachó lentamente para recoger su osito. Una oreja se había desprendido al caer.
La guardó junto al juguete