llorar nuevamente.
Elena la abrazó hasta que se quedó dormida.
Gabriel regresó después de las once.
Encontró a su esposa esperándolo en la cocina. Sobre la mesa estaba el osito roto.
—Tenemos que hablar —dijo Elena.
Gabriel suspiró.
—Estoy cansado.
—Vanessa golpeó a nuestra hija.
—Lucía entró donde no debía.
—Tiene ocho años.
—Necesita límites.
—Tenía la boca sangrando.
—No exageres. Está bien.
Elena lo observó en silencio.
—¿Te estás acostando con Vanessa?
Gabriel abrió una botella de agua.
—Ya sabes la respuesta.
Curiosamente, aquella confesión no le dolió tanto