como esperaba.
Las reuniones nocturnas, el perfume desconocido y los mensajes que Gabriel ocultaba habían hablado por él desde hacía meses.
—Quiero que mañana le pidas perdón a Lucía.
Gabriel soltó una carcajada.
—No voy a disculparme por enseñarle disciplina.
—No la defendiste.
—¡Porque interrumpió algo privado!
Elena sintió que aquellas palabras destruían los últimos restos de su matrimonio.
—¿Sabes qué? —continuó Gabriel—. Llevas diez años viviendo cómodamente gracias a mí. No haces nada más que cuidar a Lucía, organizar cenas y gastar dinero.
Elena miró alrededor.
La enorme cocina,