los ventanales, el jardín iluminado.
—¿De verdad crees que todo esto existe gracias a ti?
—Por supuesto.
Ella sonrió tristemente.
—Entonces quizá deberías revisar algunos documentos.
Gabriel frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
Elena tomó el osito roto y se dirigió hacia las escaleras.
—Mañana lo entenderás.
Gabriel todavía no sabía que su esposa había guardado durante diez años un secreto capaz de cambiar el futuro de su empresa.
Y aquella noche, mientras él dormía convencido de que seguía controlándolo todo, Elena hizo una llamada.
—Licenciado Mendoza, soy Elena. Necesito