—Cariño, no voy a hacerte daño.
—¡Entonces abre la puerta principal!
Sacó lentamente la llave del bolsillo y la dejó sobre la cómoda.
—Puedes marcharte cuando quieras. Pero antes hay algo que necesitas ver.
Me quedé mirando la llave.
Después, miré su rostro.
Por primera vez aquella noche, parecía realmente asustado.
Pero no de mí.
De otra cosa.
—¿Qué hay detrás de la puerta del dormitorio de la abuela? —susurré.
Mi abuelo comenzó a llorar.
—Tu abuela me hizo prometer que nunca te lo mostraría hasta que cumplieras veintidós años.