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Después, se guardó la llave en el bolsillo de la chaqueta.
Intenté convencerme de que todo era normal.
Pero, al subir las escaleras, me di cuenta de algo extraño.
La puerta del antiguo dormitorio de mi abuela estaba cubierta con una pesada cortina.
Y, detrás de aquella cortina, se oía un leve sonido de clics.
—¿Qué hay ahí dentro? —pregunté.
—Algo que lleva veintidós años esperándote.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, mi abuelo señaló el dormitorio de invitados.
—Esta noche dormirás aquí.
Permaneció