preguntarte algo. ¿Estás absolutamente seguro de saber a qué renuncias?
Me reí.
No porque me pareciera gracioso.
Sino porque estaba convencido de que la respuesta era obvia.
Tenía cincuenta y tres años.
Había trabajado casi toda mi vida.
Tenía una distribuidora de materiales eléctricos, ganaba bien y consideraba que me había ganado el derecho a disfrutar otra vez de la
juventud, aunque la mía hacía tiempo que había pasado.
Elena tenía cincuenta y un años.
Llevábamos veintiséis casados.
Habíamos criado juntos a dos hijos.
Habíamos pasado épocas en que apenas