Pues explícalo.
— No es lo que piensas.
Empecé a reírme.
En ese momento comprendí lo estúpida que era esa frase.
Yo mismo se la había dicho a Elena muchas veces.
Me fui.
No transferí más dinero.
A la mañana siguiente hablé con mi abogado y con mi contador.
Descubrí que parte de las cantidades que ya había transferido debían revisarse con cuidado y que tenía que proteger de inmediato mi acceso a las cuentas personales y a la empresa.
No descubrí de la noche a la mañana una conspiración de