Dejé a mi esposa por unakara mujer de 29 años, y descubrí a qué había renunciado

su voz.

Y eso fue lo que más me dolió.

— ¿Elena?

— ¿Sí?

— La noche en que me fui, cuando me preguntaste si sabía a qué renunciaba…

— Sí.

— ¿Te referías a la empresa?

Negó con la cabeza.

— No.

Me quedé sorprendido.

— ¿Entonces a qué?

Elena miró hacia nuestros hijos.

Hacia los nietos.

Hacia la mesa donde nuestra familia reía.

Luego me miró a mí.

— A esto.

No dijo nada más.

Ni hacía falta.

Yo creía que renunciaba a una mujer de cincuenta y un años por una de veintinueve.

En realidad,