su voz.
Y eso fue lo que más me dolió.
— ¿Elena?
— ¿Sí?
— La noche en que me fui, cuando me preguntaste si sabía a qué renunciaba…
— Sí.
— ¿Te referías a la empresa?
Negó con la cabeza.
— No.
Me quedé sorprendido.
— ¿Entonces a qué?
Elena miró hacia nuestros hijos.
Hacia los nietos.
Hacia la mesa donde nuestra familia reía.
Luego me miró a mí.
— A esto.
No dijo nada más.
Ni hacía falta.
Yo creía que renunciaba a una mujer de cincuenta y un años por una de veintinueve.
En realidad,