—¿Puedes guardar un secreto, Owen? La profesora Helena Vance me miraba con los ojos húmedos mientras la lluvia golpeaba las ventanas. Dejé lentamente la llave inglesa sobre el lavabo. —Profesora, no tiene que explicarme nada. Vine a reparar una tubería, no a juzgarla. Ella soltó una risa triste. —Ojalá fuera tan sencillo. Recogió uno de los frascos de medicamentos y lo guardó en el armario. —Hace seis meses me diagnosticaron una enfermedad autoinmune. El tratamiento me deja agotada algunos días. Sentí una punzada en el pecho. Mi madre había pasado por algo parecido. —Lo siento mucho. Helena negó suavemente. —No quiero lástima, Owen. Solo necesito que nadie en la universidad lo sepa todavía. Mientras terminaba de secar el suelo, descubrí que la tubería no había reventado por casualidad. La unión metálica tenía marcas recientes. Alguien había manipulado la pieza. Profesora, ¿ha contratado a otro técnico últimamente? Helena frunció el ceño.

de marcharse.

Cuando las luces de su automóvil desaparecieron, Helena se dejó caer en una silla.

—Mi divorcio terminó hace ocho meses —susurró—. Pero él sigue intentando conseguir algo que pertenece

a mi familia. 

—¿Qué cosa?

Helena me miró fijamente.

—Una patente.

Sentí curiosidad.

—¿De ingeniería?

Ella asintió.

—Mi padre desarrolló un sistema industrial de recuperación térmica. Antes de morir, me dejó todos los derechos.

Me mostró unos planos antiguos.

Al principio los observé por cortesía.

Después me quedé inmóvil.

Reconocí inmediatamente una de las configuraciones mecánicas.

—Profesora, ¿de