—¿Puedes guardar un secreto, Owen? La profesora Helena Vance me miraba con los ojos húmedos mientras la lluvia golpeaba las ventanas. Dejé lentamente la llave inglesa sobre el lavabo. —Profesora, no tiene que explicarme nada. Vine a reparar una tubería, no a juzgarla. Ella soltó una risa triste. —Ojalá fuera tan sencillo. Recogió uno de los frascos de medicamentos y lo guardó en el armario. —Hace seis meses me diagnosticaron una enfermedad autoinmune. El tratamiento me deja agotada algunos días. Sentí una punzada en el pecho. Mi madre había pasado por algo parecido. —Lo siento mucho. Helena negó suavemente. —No quiero lástima, Owen. Solo necesito que nadie en la universidad lo sepa todavía. Mientras terminaba de secar el suelo, descubrí que la tubería no había reventado por casualidad. La unión metálica tenía marcas recientes. Alguien había manipulado la pieza. Profesora, ¿ha contratado a otro técnico últimamente? Helena frunció el ceño.

nunca me dijo quién era.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

La profesora me miró con lágrimas en los ojos.

—Owen, ¿alguna vez conociste a tu padre?

Negué lentamente.

—Mi madre decía que había muerto antes de que yo naciera.

Helena cerró los ojos.

Durante unos segundos, solamente escuchamos la lluvia.

Después sacó una carta del fondo de la carpeta.

—Mi padre escribió esto poco antes de morir.