—¿Puedes guardar un secreto, Owen? La profesora Helena Vance me miraba con los ojos húmedos mientras la lluvia golpeaba las ventanas. Dejé lentamente la llave inglesa sobre el lavabo. —Profesora, no tiene que explicarme nada. Vine a reparar una tubería, no a juzgarla. Ella soltó una risa triste. —Ojalá fuera tan sencillo. Recogió uno de los frascos de medicamentos y lo guardó en el armario. —Hace seis meses me diagnosticaron una enfermedad autoinmune. El tratamiento me deja agotada algunos días. Sentí una punzada en el pecho. Mi madre había pasado por algo parecido. —Lo siento mucho. Helena negó suavemente. —No quiero lástima, Owen. Solo necesito que nadie en la universidad lo sepa todavía. Mientras terminaba de secar el suelo, descubrí que la tubería no había reventado por casualidad. La unión metálica tenía marcas recientes. Alguien había manipulado la pieza. Profesora, ¿ha contratado a otro técnico últimamente? Helena frunció el ceño.

toda la verdad».

Sentí que la sangre se me helaba.

Le mostré la pantalla.

Helena retrocedió inmediatamente.

—Dios mío…

—¿Qué ocurre?

Ella abrió lentamente una carpeta.

Dentro había un documento firmado veinticinco años atrás.

En la primera página aparecía el nombre de mi madre.

En la segunda, el del padre de Helena.

Pero lo que me dejó sin respiración fue una anotación escritaa mano:

 

«Proyecto Vance: expediente de filiación reservado».

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Helena comenzó a temblar.

—Mi padre me contó que Margaret había tenido un hijo. Pero