segunda sobre la barra recordé que ella ya no estaba.
Su maleta tampoco.
Había desaparecido su neceser, varias prendas, sus tenis, el cargador de su computadora y el perfume que siempre dejaba junto al lavabo.
Veintidós horas antes yo tenía empleo.
Veinte horas antes había llegado a casa para decirle que lo había perdido.
Y dieciocho horas antes mi esposa había cerrado la puerta detrás de ella después de decirme:
—No puedo seguir construyendo mi vida alrededor de alguien que de repente ya no sabe qué va a pasar mañana.