misma cafetería.
Laura llevaba lentes nuevos.
Su computadora estaba junto a ella.
Parecía agotada.
Pero feliz.
—Me ofrecieron más horas en el estudio.
—Qué bien.
—Va a complicar mis clases.
—Ya encontrarás cómo organizarlo.
Me miró sospechosamente.
—¿Qué?
—Esperaba que sacaras una hoja de cálculo.
—Ya la hice.
Abrió mucho los ojos.
Sonreí.
—Estoy bromeando.
—Eso sí es crecimiento.
Llegó la cuenta.
Extendí la mano.
Laura hizo lo mismo.
Nos detuvimos.
Nos reímos.
—Yo pago lo mío —dijo.
Asentí.
—Está bien.
Dividimos la cuenta.
Una cosa completamente ordinaria.
Pero aquel