No tenía una frase capaz de arreglar eso.
Así que llamé a dos reclutadores.
Le conseguí entrevistas.
Escribí recomendaciones.
Pasé mi número personal a quien lo necesitara.
A las cinco de la tarde casi todos los escritorios estaban vacíos.
Me senté solo dentro de mi oficina.
En el escritorio tenía una fotografía de Laura y yo en Puerto Vallarta.
Ella estaba riéndose porque el viento le había cubierto toda la cara con el cabello.
La miré y pensé:
Nos va a dar miedo.
Pero vamos a estar bien.
Teníamos ahorros.