y tenía una reunión de trabajo por la tarde. Aceptó sin preguntar el nombre.
Hasta que abrió la puerta.
—Lucía —murmuró Mateo Rivas, levantándose de la silla.
Llevaba una bata blanca, el pelo algo despeinado y ese gesto serio que ella conocía de memoria. Habían vivido juntos durante 3 años. También habían aprendido a discutir sin levantar la voz, que a veces era una forma todavía más triste de hacerse daño.
—Puedo pedir que te vea otra compañera —ofreció él.
—Solo necesito saber por qué no me baja la regla.