sensación —casi irreal— de que cuatro años de disciplina se habían materializado, por fin, en algo que podía tocar.
Aquella llave representaba horas extra, vacaciones a las que renuncié, almuerzos económicos y cientos de decisiones cotidianas: optar por ahorrar el dinero en lugar de gastarlo.
Durante cuatro años, me repetí que, al final, todo aquello tendría un sentido.
Y lo tenía.
Había comprado el apartamento
de mis sueños.
Un piso de dos habitaciones en el centro.
La firma de la escritura estaba