—Todos.
La niña permaneció muy seria.
—¿Y no te vas a ir?
Valeria dejó la caja.
Se acercó y se arrodilló frente a ella.
—No tengo planes de irme.
Sofía la observó durante unos segundos.
—¿Puedo preguntarte algo?
Daniel, desde el pasillo, soltó una carcajada.
—Cada vez que dice eso, me preocupo.
Sofía ignoró a su padre.
—¿Puedo llamarte mamá?
Valeria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Recordó aquella primera noche.
La silla vacía.
El teléfono.
El mensaje.
La vergüenza de haber sido rechazada sin siquiera tener