imposible que alguien podía hacerme.
Desde la sala, Sofía gritó:
—¡Mamá! ¿Dónde pongo tus libros?
Valeria cerró los ojos durante un segundo.
Luego respondió:
—En el estante de arriba.
Daniel sonrió.
—Ya no parece tan imposible.
Valeria le apretó la mano.
—No.
Caminó hacia la sala.
Sofía levantó uno de sus libros.
—¿Este también?
—Sí.
—Tenemos demasiados libros.
—Nunca hay demasiados.
—Papá dice lo mismo.
—Por eso me cae bien.
Daniel apareció detrás.
—¿Solo te caigo bien?
Valeria se rio.
—Después hablamos.
Sofía negó con la cabeza como si estuviera