negros y el cabello oscuro recogido en dos coletas ligeramente desiguales. Sostenía un oso de peluche contra el pecho.
Sus ojos enormes estaban clavados en Valeria.
No con curiosidad.
Con preocupación.
—Estoy bien, pequeña —dijo Valeria, haciendo un esfuerzo por sonreír—. Gracias por preguntar.
La niña frunció el ceño.
—No parece.
Valeria soltó una pequeña risa.
—Bueno… quizá estoy un poquito triste.
—¿Alguien fue malo con usted?
La pregunta fue tan directa que Valeria no supo qué responder.
—No exactamente.
—Mi papá dice que cuando alguien está triste no hay