Mientras mi marido se vestía para la gala más exclusiva de Madrid, me anunció que llevaría a otra mujer y que yo debía desaparecer de nuestro ático antes del amanecer. “Haz una maleta. Quiero que dejes el ático antes de las 6:00”. No lloré: saqué mi propio vestido y acepté una invitación secreta. 3 horas después, entré del brazo del único hombre que él jamás quiso tener en contra.

Adrián apartó la vista.

—Siempre fuiste así.

—Siempre fui así antes de acostumbrarme a desaparecer.

A las 00:37, Elena salió del palacete. Gabriel la acompañó hasta el coche.

—¿Aceptas el puesto?

—Sí.

—Entonces mañana empezamos.

Elena dejó escapar una risa cansada.

—Mañana duermo.

El coche cruzó Cibeles y siguió hacia Serrano. A las 1:06 Elena abrió la puerta del ático.

Adrián aún no había vuelto.

Dejó sobre la cómoda el sobre negro, la invitación y las llaves. No como despedida. Por primera vez, aquellas llaves no eran las