las 20:02, Elena llamó a Gabriel.
—Dime que sigues viniendo —respondió él, sin saludo.
—Voy.
Hubo un silencio breve.
—Entonces esta noche será tuya.
Elena no preguntó qué significaba. Aún no.
Se vistió sin prisa. El vestido azul noche no tenía exceso de pedrería ni pretendía competir con nadie. Era elegante, limpio, suyo. Se recogió el cabello de forma sencilla, guardó la invitación en el bolso y salió.
Cuando el ascensor privado se abrió en el garaje, Adrián estaba allí. Había vuelto por una carpeta olvidada.
La observó de